Fábulas

Si hay algo que es una constante en la vida diaria del ser humano desde la noche de los tiempos, son los cuentos.

Esas pequeñas narraciones que se cuentan en todo pueblo y cultura, mediante frases sencillas y conceptos básicos, servían de vehículo de transmisión del saber humano desde los tiempos en que nos reuníamos en torno al fuego y bajo las estrellas.

Aunque casi todo el mundo coincida en su antiguo origen, su recorrido por escrito es amplio y diverso. Por el momento, la fábula más antigua que se conserva por escrito, se encontró en Mesopotamia, cuna de toda la Historia. Mucho más tarde aparecen en Grecia, lugar donde centraré la atención por tratar de Esopo. Pero no fue él precisamente el primero que cultiva este género, sino Hesiodo en su obra Trabajos y Días en el siglo VIII a. C.

Si Esopo no fue el primero, entonces ¿por qué se le atribuye a él este género?

La idea que ha llegado hasta nuestros días de que Esopo era el que contaba las fábulas, proviene del siglo V a. C. Época del gran esplendor ateniense y que ha fijado nuestro tópico hacia el mundo griego que tenemos actualmente.

Fue en este siglo cuando se empezó a mencionar el hecho de que Esopo era quién contaba fábulas. Diversos autores lo mencionan (Herodoto, Aristófanes o Platón) pero poco se sabe de este hombre. Hoy en día, todavía se duda de su existencia y es que si leemos las distintas referencias que se hacen de él, no todos los datos concuerdan.

Generalmente se le describe como un esclavo, de mediana edad y feo en extremo, pero que gracias a la agudeza de sus fábulas puede sortear casi cualquier peligro y demuestra una gran sabiduría. Así que parece más un personaje inventado que real, pero quién sabe, porque siempre se dice que en toda leyenda hay un poso de verdad.

Aunque la literatura nos señala este origen, en realidad, los primeros textos conservados de este género están en el papiro de Maryland del siglo I d. C. y recogen supuestamente el corpus de fábulas fijado por Demetrio de Falero en torno al 300 a. C.

A partir de aquí, y a lo largo de la Edad Media, las fábulas se transmitieron de copia en copia por diversos pueblos, desde los últimos romanos, pasando por bizantinos o árabes, hasta llegar a nuestros días.

Es por ello, que esta continua transmisión y difusión de la fábula ha provocado que se repitan temas, situaciones y arquetipos de una forma constante. Como consecuencia, para el lector moderno puede ser un trabajo complejo conocer el verdadero origen de estas narraciones ancestrales.

En este caso la edición leída y que recomiendo es la de Alianza, a cargo de Gonzalo López Casildo que realiza una traducción de la obra recogida por Chambry en 1925. Se trata de una recopilación de 358 fábulas, acompañadas de una introducción necesaria al relato y con un pequeño glosario al final para aclarar las posibles dudas.

No es una edición compleja de entender y seguir, así que si habitualmente no leéis este tipo de textos, puede estar bien para comenzar y que sea asequible.

Las fábulas, encajonadas hoy en día en el universo infantil por muchos, nos demuestran a través de su lectura que más de 2000 años después de que se popularizaran, siguen recordando al hombre sus maldades y bondades por medio de los animales que las personifican.

Una lectura imprescindible para todo aquel que ame la literatura.

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