Pioneros

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 25 de septiembre de 2017, en este enlace.

El sol cae ya, pesado y rojizo sobre los interminables campos de cereal que separan cada hacienda del Divide. Alexandra observa la escena con paz y sintiendo que ha hecho todo lo que podía hacer por aquel lugar. Ese lugar al que llegó siendo una niña desde la fría Noruega, y al que prometió a su padre ligarse de por vida, y que con el trabajo de sus manos consiguió convertir en su hogar.

Estas líneas no aparecen en el libro de Willa Cather como tales, pero bien podrían servir de resumen para respirar lo que la autora quiere transmitir de su adorada Nebraska. Lugar de su infancia y como muchos otros escritores, lugar al que siempre recurre en sus historias.

Pioneros (1913) es de sus primeras novelas. Cather, tras una vida entregada al trabajo y los viajes, decidió a principios de siglo XX dedicarse enteramente a su gran pasión, la Literatura. Y como resultado de ello, dejó tras de sí un buen puñado de títulos, en especial, Uno de los nuestros (1922), ganador del Pulitzer al año siguiente.

Pero en esta ocasión, hablaremos de Pioneros. Una historia sencilla y rural, ambientada en la Nebraska de finales del siglo XIX. Allí llegaron, como muchos otros, los Bergson, una familia noruega que buscaba realizar su propio sueño americano.

La novela, breve y sin artificios, está narrada a saltos en el tiempo. Cather quiere que nos situemos en su mundo de forma rápida y concisa. Y apenas dedica unos capítulos a la infancia de los hermanos Bergson, verdaderos protagonistas de la obra.

Pronto salta hasta su adolescencia y juventud; y para cuando nos queremos dar cuenta. La joven Alexandra ha construido su hacienda con astucia y pericia. Lou y Oscar se han americanizado tanto que ya se sienten políticos, y el pequeño Emil ha crecido hasta convertirse en uno de los jóvenes más solicitados del Divide.

La vida, con sus alegrías y sus penas, entre campos de trigo. Exitencias anodinas, que se ahogaron entre sueños propios e inculcados, sobre la posibilidad de hacer fortuna y tener una vida mejor en esa nueva nación. Y como ocurre muchas veces, la mayoría de esos sueños ya cayeron por la borda, antes de llegar ni siquiera a puerto.

Así se podría resumir esta novela en unas pocas líneas. Aun así, su tono agridulce y realista no la convierte en algo pesado y plomizo, sino en una historia más humana, donde pese a sus saltos en el tiempo, la autora consigue transmitir y crear a unos personajes perfectamente reales que, aunque no siempre van a empatizar con el lector. Quizás el peor de ellos en este sentido, es la propia Alexandra, porque se nos vende como un personaje femenino diferente para la época, y se queda en un quiero y no puedo. Pues incluso así, el lector verá en ellos a seres humanos únicos, verdaderos creadores del sentir americano moderno y que terminaron formando la gran potencia que son hoy en día los Estados Unidos, a base de sudor, sangre y lágrimas.

¿Quién es el 11º pasajero?

Este artículo fue publicado en la revista Culturamas el 22 de agosto de 2017, en este enlace.

En las páginas finales de este tomo publicado por Tomodomo, se nos habla un poco de su autora, Moto Hagio (1949). Una de las primeras mangakas en trabajar en la industria y desarrollar el género shojo (destinado a las mujeres) para una nueva generación, la de los 70, que buscaba contar sus propias historias en lugar de que se las contaran otros.

Y esos primeros intentos es lo que nos vamos a encontrar en este manga. Publicado en 1976 y ganador del premio Shogakukan ese mismo año, ¿Quién es el 11º pasajero?, fue el primer intento de su autora por realizar una historia de ciencia ficción con un resultado solvente.

Es cierto que, si miramos la obra con ojos actuales o la comparamos con producciones posteriores, el resultado puede ser catastrófico, pero eso sería un error por nuestra parte. La obra es lo que es, un clásico de los 70, que a nuestra mirada actual puede parecer sencilla e incluso hasta inocente, para un género tan duro en sus críticas y argumentos como suele ser la ciencia ficción en determinados subgéneros.

Pero Hagio no pretendía transmitir dureza con esta historia, sino todo lo contrario. Quería atraer a un nuevo público, joven y femenino a este género. Quería convertirlas en lectoras y quizás a alguna en futura mangaka. Siendo un referente del que ella misma careció porque el manga lo escribían en una amplia mayoría, los hombres, incluso, el supuestamente dirigido a las mujeres.

En mi opinión personal, yo no soy muy partidario de segregar géneros u obras, para enfocarlas a un público u otro. Pero Japón es otro mundo, y actualmente todavía se siguen manteniendo líneas muy férreas entre lo que se considera femenino y masculino.

Volviendo a la historia, ¿Quién es el 11º pasajero?, nos presenta un misterio. Un grupo de estudiantes de todos los rincones de la galaxia, están a punto de enfrentarse a su último examen para acceder a la Universidad Estelar. La misión parece asequible, tendrán que sobrevivir 53 días en una nave abandonada, pero los problemas se suceden desde el principio. Aunque los grupos están constituidos por diez miembros en su nave hay once estudiantes y las sospechas empiezan a crecer entre ellos, justo cuando más unidos deben estar.

Estas páginas que comprenden los dos primeros capítulos del tomo, son sin duda lo mejor de la obra. Aparece un mundo complejo, con diferentes culturas y planetas, donde se nos presentan a diversas razas alienígenas, cada una con sus capacidades y sus miserias; y que le sirven a la autora para hacernos reflexionar, sobre cómo influye nuestro origen y entorno en nuestra forma de ser y entender la vida.

Aquí descubrimos al gran personaje del manga, Frol, un alienígena plurisexual con capacidad para desarrollarse tanto en hombre como en mujer. Y es al que recurre Hagio para presentarnos la situación de la mujer en la época, así como su propio sentido del humor y rebeldía. Aunque no es el único protagonista, sobre todo por la relación de amor/odio que se trae con Tada, (cliché que luego volveremos a ver en obras de otros autores posteriores como la mítica, Ranma ½ de los 80). Frol, termina por ganarse las simpatías del lector a cada viñeta en la que aparece.

Sobre el dibujo, no hay mucho que añadir, ya que, si conocéis obras clásicas como La Rosa de Versalles o Candy Candy, ambas casi de la misma época, observaréis que el estilo visual de dibujo es bastante parecido. Personajes muy estilizados, con un dibujo muy estético y preciosista, con el trazo limpio. Aunque la autora utiliza las tramas para dar forma a volúmenes, contornos y rellenos.

Es un dibujo bello, tanto en las composiciones de paisajes, como en el diseño de personajes. Además, esta edición contiene bastantes páginas a color, así como una postal con los personajes principales.

Es difícil decir si se puede recomendar a todo el mundo o no, porque depende mucho de tu pasión por el manga shojo. Si no estás interesado en ello, esta obra te resultará anticuada e insulsa. Pero si te encanta este género y quieres saberlo todo sobre él, no puedes perderte a una gran autora y los inicios del mismo.

Merece la pena ver de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí, porque sin autoras como Moto Hagio, que abrieron paso en los 70 a otras muchas, hoy en día no podríamos disfrutar de la gran variedad de obras actuales. Así que solo por eso, merece la pena leerla y disfrutarla.

Undercurrent

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 11 de junio de 2017, en este enlace.

El grifo sigue abierto, el agua que cae va llenando, poco a poco, las bañeras del sentô, pero Kanae no está allí. Aunque sus ojos miran la escena, su expresión está vacía y tiene la cabeza en otros asuntos.

De esta forma tan cotidiana y aparentemente anodina, nos presenta Tetsuya Toyoda (1967) a su protagonista, Kanae. Una mujer que regenta un sentô. Típico baño tradicional japonés, donde los habitantes de los barrios tienen la costumbre de acudir para socializar y descansar el cuerpo. Así transcurren sus días junto a su marido, llevando una vida normal, hasta que un buen día desaparece sin motivo aparente. Entonces, Kanae se hunde entre sus dudas, miedos y recuerdos de un pasado que creía conocer de una forma clara y definida, pero que quizás estaba más enturbiado de lo que pensaba. Al igual que el agua de sus bañeras, uno puede ver la superficie sin demasiados problemas, pero cuando se abren los grifos, ¿qué es lo que hay debajo, cuando se agita la corriente y se llega hasta el fondo de baldosas?

Este manga nos presenta un universo de sutilidad, donde lo que se observa a simple vista no es lo más importante, sino solo lo que se quiere mostrar para aparentar que todo va bien.

Toyoda nos presenta a Kanae y a Hori, el ayudante del sentô, que llega tras la desaparición del marido de esta. Dos personas que están rotas por dentro y tienen que encontrarse a sí mismas, en un mundo real y cotidiano. Sin artificios, ni imposturas de ningún tipo.

Aquí el lector no va a encontrar acción, ni grandes escenas dramáticas, ni magia o fantasía japonesa. Y eso es justo lo mejor que puede pasar, ya que el autor nos enfrenta a algo mucho más a mano, pero que nos negamos a ver normalmente. La cotidianeidad, el día a día. Y como su paso, lento y sin pausa, puede ser lo más devastador de nuestra existencia. No hay grandes, ni épicos momentos, pero nuestra vida diaria es lo único que tenemos.

Así aparecen las preguntas, ¿sabemos quiénes somos, lo que hacemos con nuestra vida, conocemos nuestro entorno y a las personas que nos rodean? Toyoda va planteando estas cuestiones transcendentales en la vida de cualquier ser humano, a través de un dibujo firme y preciso que crea escenas de gran lirismo y belleza, con elementos tan sencillos como una habitación o la limpieza diaria del sentô.

Medias verdades, dolores que nunca se confiesan, opiniones de todos sobre los asuntos de los demás cuando no reflexionamos ni sobre nuestra propia vida. Todo eso se entremezcla en este manga que emociona y se hace corto, ya que se compone de un único tomo.

Para llegar hasta Kanae y Hori, hay que estar mentalmente tranquilo, sino quizás nos arrastre la corriente. Conocer su mundo, ese barrio tan normal, con ganas de saber todo acerca de estos personajes que hundidos en su vida diaria, no dejan de buscar el camino para salir a flote. Esto nos puede dejar más de una cicratiz pero, aunque duela, como dice el abuelo Sabu al final:

«Hablar no garantiza acabar entendiéndose, pero por lo menos no te pudres por dentro».

Una joya muy recomendable de este otro tipo de manga menos comercial, pero muy especial que se hace imprescindible.

Fábulas

Si hay algo que es una constante en la vida diaria del ser humano desde la noche de los tiempos, son los cuentos.

Esas pequeñas narraciones que se cuentan en todo pueblo y cultura, mediante frases sencillas y conceptos básicos, servían de vehículo de transmisión del saber humano desde los tiempos en que nos reuníamos en torno al fuego y bajo las estrellas.

Aunque casi todo el mundo coincida en su antiguo origen, su recorrido por escrito es amplio y diverso. Por el momento, la fábula más antigua que se conserva por escrito, se encontró en Mesopotamia, cuna de toda la Historia. Mucho más tarde aparecen en Grecia, lugar donde centraré la atención por tratar de Esopo. Pero no fue él precisamente el primero que cultiva este género, sino Hesiodo en su obra Trabajos y Días en el siglo VIII a. C.

Si Esopo no fue el primero, entonces ¿por qué se le atribuye a él este género?

La idea que ha llegado hasta nuestros días de que Esopo era el que contaba las fábulas, proviene del siglo V a. C. Época del gran esplendor ateniense y que ha fijado nuestro tópico hacia el mundo griego que tenemos actualmente.

Fue en este siglo cuando se empezó a mencionar el hecho de que Esopo era quién contaba fábulas. Diversos autores lo mencionan (Herodoto, Aristófanes o Platón) pero poco se sabe de este hombre. Hoy en día, todavía se duda de su existencia y es que si leemos las distintas referencias que se hacen de él, no todos los datos concuerdan.

Generalmente se le describe como un esclavo, de mediana edad y feo en extremo, pero que gracias a la agudeza de sus fábulas puede sortear casi cualquier peligro y demuestra una gran sabiduría. Así que parece más un personaje inventado que real, pero quién sabe, porque siempre se dice que en toda leyenda hay un poso de verdad.

Aunque la literatura nos señala este origen, en realidad, los primeros textos conservados de este género están en el papiro de Maryland del siglo I d. C. y recogen supuestamente el corpus de fábulas fijado por Demetrio de Falero en torno al 300 a. C.

A partir de aquí, y a lo largo de la Edad Media, las fábulas se transmitieron de copia en copia por diversos pueblos, desde los últimos romanos, pasando por bizantinos o árabes, hasta llegar a nuestros días.

Es por ello, que esta continua transmisión y difusión de la fábula ha provocado que se repitan temas, situaciones y arquetipos de una forma constante. Como consecuencia, para el lector moderno puede ser un trabajo complejo conocer el verdadero origen de estas narraciones ancestrales.

En este caso la edición leída y que recomiendo es la de Alianza, a cargo de Gonzalo López Casildo que realiza una traducción de la obra recogida por Chambry en 1925. Se trata de una recopilación de 358 fábulas, acompañadas de una introducción necesaria al relato y con un pequeño glosario al final para aclarar las posibles dudas.

No es una edición compleja de entender y seguir, así que si habitualmente no leéis este tipo de textos, puede estar bien para comenzar y que sea asequible.

Las fábulas, encajonadas hoy en día en el universo infantil por muchos, nos demuestran a través de su lectura que más de 2000 años después de que se popularizaran, siguen recordando al hombre sus maldades y bondades por medio de los animales que las personifican.

Una lectura imprescindible para todo aquel que ame la literatura.

Elogio a la vida

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 27 de abril de 2017, en este enlace.

París, la primavera estaba a unas semanas de acabarse, pero en la ciudad de la luz aquellas semanas de mayo de 1968 no iban a ser tranquilas.

Sobre los adoquines de sus calles, cientos de jóvenes corrían de un lado a otro, junto a ellos multitud de obreros y tras todos, las fuerzas de seguridad francesas. Desde hacía unos meses se venía fraguando un malestar social ante la situación del país. El desempleo aumentaba cada día, las condiciones laborales eran cada vez peores y además, estaba la guerra. Las desastrosas y sangrientas campañas de Indochina y África que simbolizaban el fin de un sueño, el colonialismo de los países europeos a lo largo y ancho del mundo.

Mientras todo esto sucede sin pausa, una centenaria mujer vive entre recuerdos y miles de papeles en un estudio donde ha pasado las horas, lentas y provechosas, en las últimas décadas de su vida. Es entonces cuando vuelve a surgir el anhelo de la lucha que ya recorrió su cuerpo en su juventud. Por ello decide participar y aportar su pequeño grano de arena a la causa, quiere que reediten su manifiesto de vida, aquel breve documento que escribió 80 años antes, entre clases de universidad, charlas y contactos con los intelectuales de su época.

Fue así como los jóvenes de mayo del 68 conocieron las palabras de Alexandra. En este segundo artículo dedicado a la obra de esta autora, quiero escribir sobre un texto que todo el mundo debería leer durante su juventud, Elogio a la Vida de Alexandra David-Néel.

Este pequeño manifiesto escrito en 1888, esconde entre sus escasas 120 páginas los propósitos vitales de su autora y toda una declaración de intenciones del nuevo modelo de ser humano que se aproximaba a los albores del siglo XX y los desafíos que se le plantearían.

Enmarcada en el estilo de los múltiples manifiestos que pululaban a finales del XIX entre los diversos grupos artísticos y culturales de los jóvenes intelectuales, el de Alexandra es quizás uno de los más extremos en su planteamiento y también de los más libres.

A lo largo de sus seis capítulos, la autora va descomponiendo a todas y cada una de las autoridades (tanto políticas como morales) que constriñen al hombre y no le dejan actuar con libertad. Y en cada uno de estos mismos capítulos se va liberando de todas esas cadenas.

No reconoce estado, ni forma alguna de agrupación, salvo la que permita la felicidad de cada individuo. Es por ello que Alexandra no estaba interesada en el derecho al voto y siempre se oponía a ello. Incluso dentro de su círculo feminista en torno a la publicación La Fronde, creada por Marguerite Durand (1864-1936), una de las pioneras del feminismo francés.

Tampoco reconocía ningún Dios, ni jerarquía eclesiástica de ningún tipo. Para ella, educada en un colegio católico de Bruselas, solo veía en la religión la opresión y coacción mediante el miedo, del inocente frente al poderoso. Y todavía veía más esta opresión sobre las mujeres.

Educada por su padre y siempre en contacto con la intelectualidad de la época, pronto se hizo asidua al círculo del geógrafo Élisée Reclus (1830-1905), uno de los impulsores de los movimientos de izquierdas en Francia.

Alexandra, criada entre el bienestar social de la posición de su familia y el acceso al conocimiento, pronto se dio cuenta de que la vida de mujer casada y sin ocupaciones de las chicas de su posición se le quedaba corta. Y cuando empiezas a saber más y comienzas a observar la realidad de otra forma, ya no se puede parar de andar por la senda que has escogido.

En Elogio a la Vida se aprecia el comienzo de esa senda. De cómo la joven rebelde que con apenas 20 años reniega de todo y quiere ser libre, sin nada ni nadie que le señale la dirección que debe tomar en la vida, comenzará su aventura vital con la redacción de este libro, donde mezcla y analiza todo lo que ocurría en su época.

Escrito en 1888, no se publicaría hasta diez años más tarde en la revista Temps Nouveaux. En el texto se recoge su apoyo a la lucha obrera, su educación entre las aulas de la universidad y los círculos que frecuentaba y sus incipientes pasos hacia el mundo oriental.

Porque si a primera vista parece solo un texto anarquista de juventud, entre el análisis de sus páginas se puede encontrar mucho más. Para un lector con cierto conocimiento en el mundo asiático no le pasará desapercibido como describe la libertad del ser humano y su unión con el todo siguiendo los preceptos más básicos del Tao.

Esta curiosa mezcla de influencias que expone la autora solo responde a una única lealtad, la ciencia y el conocimiento. Baluarte en el que creía Alexandra sin lugar a dudas como la única solución del ser humano para la prisión que él mismo se había creado.

Ella pidió que lo reeditaran al final de su vida, cuando con 100 años aún tenía fuerzas para vivir y quería dejar un mensaje a esos jóvenes del 68. Yo pido hoy que se lea de nuevo por todos aquellos que quieran conocer el pensamiento de una mujer que rompió sus propias barreras, y para que se escuchen sus palabras de hace 130 años y sigan llegando a nosotros todavía hoy, así como un ciclo constante de vida que siempre da vueltas sobre sí mismo, sin avanzar hacía ningún punto.

Abrir en caso de Apocalipsis

Día 1 después del colapso, la civilización humana tal y como la conocíamos ha caído. Las revueltas y los saqueos se suceden por todas las ciudades del mundo. Es el caos.

Parece el comienzo de casi cualquier obra de ciencia ficción postapocalíptica, ¿verdad? Bueno, la verdad es que desgraciadamente puede que no se quede solo en una ficción y se convierta en nuestra realidad. De hecho, los colapsos han sido una constante en la historia de la humanidad y han propiciado también que el ser humano desarrolle nuevas ideas y tecnologías hasta llegar a nuestro presente más inmediato. La historia universal es un continuo de creación y destrucción.

Así que el fin no tiene porque ser el final y también puede ser un nuevo comienzo, esto es justo lo que plantea Lewis Dartnell (1980), autor del ensayo Abrir en caso de Apocalipsis (2015). Dartnell, doctorado en biología y colaborador de la Agencia Espacial Británica en la búsqueda de vida en Marte, está acostumbrado a plantearse cuestiones acerca del desarrollo técnico y la supervivencia en su vida diaria. Es por ello que ideó el proyecto The Knowledge, verdadero título del libro y que junto a una página web del mismo nombre, se dedica desde hace varios años a la difusión de los conocimientos tecnológicos humanos para que en el caso de que ocurra una desgracia, estos no se pierdan para siempre.

Bajo esta premisa, Dartnell compone los trece capítulos de este ensayo centrándose en cada uno de los puntos que cualquier humano necesita saber para sobrevivir y desarrollar una posible cultura. Desde cómo reiniciar la agricultura, pasando por el alimento o el vestir, hasta como volver a conocer algunos procesos químicos sencillos que son la base de la mayoría de los materiales que utilizamos diariamente, o incluso plantear la recuperación de la energía y su uso en una red eléctrica, verdadero motor de nuestros últimos 100 años de avances.

El libro no solo se centra en explicarnos estos sistemas, sino que también nos narra anécdotas y curiosidades sobre los temas que trata, e incluso menciona ejemplos del pasado sobre cómo la humanidad ha ido dando respuesta a los diferentes problemas prácticos que se ha ido encontrando por el camino del desarrollo.

Todo ello compone una obra amena de leer y que está destinada a todo tipo de lector. No hay que ser un experto en nada para poder entender sus explicaciones. Aunque evidentemente, si el lector domina alguno de los campos que se mencionan podrá comprender mejor lo que se está enseñando. E incluso, de cuando en cuando, esbozará una sonrisa de satisfacción cuando vea que su trabajo está reconocido en las páginas de este libro.

Y es que esa es una de las grandes reflexiones que se extraen de la obra. Las personas que vivimos en los llamados países desarrollados, disponemos y utilizamos a diario una gran cantidad de tecnología que por ser cotidiana quizás muchas veces no valoramos o creemos inocentemente que es mucho más sencilla de hacer y rehacer, de lo que realmente es.

Pero, parate un segundo y mira a tu alrededor, ¿sabes crear o reconstruir desde cero, algo de lo que te rodea ahora mismo? Si la respuesta es no, necesitas este libro.

Nausicaä del Valle del Viento

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 5 de marzo de 2017, en este enlace.

Escribir sobre un coloso es una tarea muy compleja. Tratar de llegar a ser ni medianamente bueno en lo que se quiere expresar, es algo difícil cuando sabes que la obra de la que pretendes escribir es tan rica y con tanta profundidad, que escribas lo que escribas, no vas a estar a la altura de lo leído.

Cada arte y disciplina tiene sus imprescindibles y en el caso del manga, uno de ellos es Nausicaä del Valle del Viento (1982-1994). Esta obra de más de mil páginas es una de esas historias a la que merece la pena echar un vistazo en algún momento de la vida o releerla si uno ya la conoce.

Supuso la consagración de Hayao Miyazaki (1941) como creador propio y no solo como dibujante que participaba en los proyectos de otros. Demostró a su vez el buen ojo de Toshio Suzuki (1948) que seguía los pasos de Miyazaki y de Isao Takahata (1935) desde mediados de los años 70, pero que no había conseguido convencerles para que participaran en su publicación, Animage.

Hasta que tras meses de conversaciones y algún que otro proyecto fallido dieron como resultado en febrero de 1982, la aparición entre las páginas de la revista, de Nausicaä, esa chica rebelde, mezcla de un personaje mitológico griego y una princesa japonesa que amaba a los insectos, y que luchaba por sobrevivir en el futuro postapocalíptico del planeta Tierra.

Si hay alguna forma de entrar a lo grande en algún sitio esta debe ser una de ellas. Para aquellos que hayan conseguido llegar hasta aquí, tengo que reconocer que con el trabajo de Miyazaki me cuesta ser objetivo. Todo el mundo tiene sus debilidades y sus grandes referentes, en los que se mira y se ilusiona con saber crear algún día historias que sean ni la mitad de buenas. Así que si peco en exceso de amor por su obra, lo siento, pero cuando hablo del estudio Ghibli no soy una persona adulta con argumentos racionales, sino que me dejo llevar por el niño que todos llevamos dentro y por unas horas estoy dispuesto a creerme la historia más absurda que me quieran contar y fascinarme con ella.

Después de esta declaración de intenciones, voy a entrar en el universo de Miyazaki. Como ya se ha escrito unas líneas más arriba, el proyecto de Nausicaä fue la primera obra (de peso) que conseguían sacar hacia delante los dos miembros principales de lo que posteriormente sería el corazón del estudio.

Aunque si bien es cierto que ya habían realizado proyectos como El Castillo de Cagliostro (1979), una película sobre los personajes de Lupin III creados por Monkey Punch (1937), también era cierto que no tenían la fama y el bagaje para crear sus proyectos fuera de la Toei Animation en la que trabajaban y que es la mítica empresa que creó el mundo del manga tal y como lo conocemos hoy en día, justo después de la II Guerra Mundial.

Fue por ello que Toshio Suzuki editor de Animage a principios de los 80, comenzó a seguir su rastro sabiendo que podía tener algo bueno entre las manos y no se equivocó. Cuando Nausicaä comenzó a caminar entre las páginas de la revista, Miyazaki quiso realizar una película sobre su historia, esta se estrenó en marzo de 1984 y tan solo un año después se formó el estudio Ghibli, con Miyazaki y Takahata como cabezas pensantes de los proyectos y Toshio Suzuki (entre otros) como los que conseguían el dinero y la financiación de los mismos.

Tras esta larga introducción que consideraba necesaria para situar la obra, es hora de hablar de Nausicaä. Comenzó como manga en febrero de 1982 y se adaptó al cine en 1984, pero el manga continuó diez años más, hasta 1994. Dato que hay que tener presente porque las personas que conozcan la obra solo por la película y tras eso se quieran adentrar en el manga, no se van a encontrar con la misma historia.

Para hacerse una idea, si se quiere conocer las dos obras (cosa que recomiendo) es mejor tomárselo como que nos van a contar dos historias diferentes con los mismos personajes y el mismo mundo. Sobre la película no voy a comentar nada más, me centraré en el manga, una gran obra de doce años de duración.

Nausicaä del Valle del Viento, nos cuenta la historia de nuestro mundo dentro de 2000 años. A finales del siglo XX, las grandes potencias mundiales fueron creando un mundo hipertecnificado, donde los conglomerados de empresas y compañías terminaron por hacerse con el control a nivel mundial de todos los recursos y del destino de los hombres. Tras mil años de desarrollo industrial y tecnológico extremo, todo se fue a pique en los conocidos como Siete días de fuego, momento en el que las armas de destrucción masiva creadas por la humanidad terminaron aniquilando a la propia sociedad que las había creado.

Después de la catástrofe han transcurrido otros mil años, donde lo que queda de la especie humana trata de sobrevivir en un territorio cada vez más pequeño y en continuo enfrentamiento de los distintos grupos humanos. Fantástico y real como la vida misma y aunque la premisa nos lleve a nuestro presente más inmediato hay que recordar que esta obra comenzó en 1982.

En este mundo sobreviven los pequeños reinos de lo que hace un tiempo fue Eftar, entre ellos, está el Valle del Viento, y también hay dos grandes imperios, Tormekia y Dolk. El primero es una monarquía absolutista y militarizada que controla con mano de hierro a sus súbditos y cuyo único leitmotiv para sobrevivir es hacer la guerra. El segundo es una confederación de tribus con conocimientos muy antiguos que se alían bajo un grupo sacerdotal guerrero que les guía en la vida y en las mentes mediante el miedo a los tabús.

Por si esto no fuera suficiente, los Siete días de fuego no solo dejaron tras de sí la destrucción de la cultura y la tecnología humanas, sino también la modificación de la naturaleza. Estos últimos humanos tienen que convivir con la llamada selva corrupta, una mole natural y letal al mismo tiempo que avanza sin control por toda la Tierra repartiendo esporas tóxicas. Los animales que la protegen son diversas especies de insectos gigantes capitaneados por los Ohms y que no dudaran en acabar con la raza humana si con ello consiguen salvar al mundo.

Entre toda esta destrucción y locura, Nausicaä comenzará un viaje de no retorno para aprender qué es el mundo que le rodea y si los seres humanos tienen alguna posibilidad o su tiempo en el planeta ha llegado a su fin.

No quiero decir más sobre la trama porque es muy compleja y sería demasiado extenso, además considero que es mejor leerlo y disfrutarlo por uno mismo para ver que sensaciones le produce. Aunque eso puede ser un problema, y es que las ediciones de Nausicaä del Valle del Viento son escasas. La más reciente es la edición de octubre de 2013 que realizó Planeta de Agostini y que incluye las mil páginas de la obra con las portadas para la revista Animage y algunas imágenes a color, en un tamaño de 21.8 x 29.5 centímetros, repartidos en dos volúmenes con cofre. Pero esta edición sacó un número reducido de ejemplares a la venta y salvo por el mercado de segunda mano o bibliotecas, es prácticamente imposible hacerse con ella.

Sobre su dibujo se pueden comentar muchas cosas, la primera y la más evidente de todas es que los que conozcan el trabajo del estudio Ghibli ya saben lo que se van a encontrar. Su estilo es muy característico y ha variado poco con los años.
Los escenarios están muy trabajados con múltiples detalles conseguidos gracias a un uso milimétrico de los trazos para crear volúmenes y espacios muy dibujados y que recuerdan a los grabados europeos de hace algunos siglos. Esta densidad de detalles en la creación del dibujo puede resultar avasalladora para los lectores de manga más acostumbrados a la sencillez de otros autores. Pero en las obras del estudio, los escenarios son la mitad del trabajo. Todo está medido y diseñado para un fin y todo bebe directamente de fuentes reales. Claro ejemplo, es el detalle de las naves voladoras de los distintos reinos o las vestimentas de los diferentes pueblos, los tormekianos recuerdan más a los europeos de la Edad Media o el Imperio Romano, mientras que los guerreros de Dolk tienen una clara influencia en los trajes de samuráis más tradicionales y las creencias sintoístas.

Todo ese despliegue se ve simplificado al máximo en el diseño de las caras y facciones donde unos simples trazos le bastan para crear grandes expresiones que den vida a los personajes. Por supuesto, salvo alguna ilustración, el manga está en blanco y negro y es aquí donde se hace recomendable ver la película para observar el color, que es muy destacable.

Si viendo solo unas pocas páginas os entran ganas de entrar a su mundo, no lo dudéis, la experiencia será como la vida, con grandes momentos felices y alguna que otra tristeza.

El espectroscopio del alma

Todo género tiene sus precursores, autores que han dado forma o han sentado las bases de esas historias que nos han proporcionado horas de emoción, aventuras y momentos que no por ser leídos están menos vivos en nuestras mentes.

Pero a veces, el tiempo y el olvido ocultan a algunos de esos pioneros y solo son redescubiertos gracias a casualidades del destino. Eso debió pensar Sam Moskowitz (1920-1997), cuando a principios de los años 70 trajo una recopilación de relatos breves para el público americano, aquel libro se tituló The Crystal man y hoy no es fácil de encontrar.

Moskowitz famoso entusiasta y estudioso del género de la ciencia ficción, dedicó toda su vida a su conocimiento y divulgación en parte dentro de su participación en la creación de prensa especializada.

Esta historia que se podía haber quedado en una simple rareza, ha llegado al público en español gracias a Orciny Press, una joven editorial que selecciona pequeñas obras para su catalogo que esconden grandes tesoros.

El espectroscopio del alma es uno de esos títulos. Se trata de uno de los cuentos que esta recopilación contiene. Tanto esta, en español, como la realizada por Moskowitz recogen parte de la breve pero intensa trayectoria narrativa de Edward Page Mitchell (1852-1927) uno de esos nombres perdidos dentro del género de la ciencia ficción.

Page nacido en una pequeña localidad, pronto se mudó a Nueva York, la ciudad que le vería crecer como autor y como periodista, aunque trabajó en varios medios de diferentes ciudades es conocido por su relación con el periódico The Sun.

Su vida como periodista le permitió vivir bien y sin demasiadas preocupaciones y quizás por ello los cuentos que escribió desde la década de los años 70 del siglo XIX quedaron como anécdotas en su vida, en vez de lo que realmente eran, los precursores de los grandes arquetipos y temas recurrentes de todo un género literario, el de la ciencia ficción.

Sorprende leer cuentos como El hombre más capaz del mundo (1879) donde se plantea el uso de androides y las consecuencias (no muy positivas) que podrían tener para el ser humano. Planteamientos que desarrollará décadas más tarde uno de los padres del género como Asimov por ejemplo.

El relato de La hija del Senador, también del mismo año, donde se nos presenta un Estados Unidos alternativo en lucha contra China y con partidos que abogan por el vegetarianismo y la abolición de las luchas raciales, es todo un maremágnum de ideas que suenan rompedoras y actuales pero que este autor ya manejaba como propias en el siglo XIX.

Todo ello, aderezado con un humor muy americano, lleno de hombres de mundo modernos que se pierden en experimentos con profesores alemanes chiflados. Para Page todo el saber más puntero de la época se podía encontrar perdido entre algún aula de universidad europea.

Una delicia de cuentos que se harán cortos a los amantes del género pero que sirven de puerta de entrada a las propuestas de este autor que merece la pena conocer. No he podido leerlo en inglés por el momento pero la traducción al español es muy disfrutable y te mete de lleno en la ciencia positivista del siglo XIX que todo lo puede y si no, lo inventa.

Mención especial merece el traductor Hugo Camacho que añade de su propia cosecha una curiosa entrevista con Moskowitz al estilo narrativo que Page hacia en The Sun y con viaje en el tiempo incluido.

Lo dicho, si estáis al día de todo el género y queréis encontrar algo que sepa a añejo pero que disfrutéis igualmente, le podéis dar una oportunidad a esta recopilación de cuentos. No os va a defraudar.

Alexandra David Néel

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 17 de enero de 2017, en este enlace.

En 1868 un hombre que no quería tener hijos, tuvo una hija. Esta niña fue Alexandra David Néel, una de las exploradoras más famosas de su época y toda una pionera en la investigación sobre el Tíbet y el budismo desde una perspectiva científica.

A Alexandra la conozco de leer sus trabajos desde hace un tiempo, así que cuando se presentó la oportunidad de darla a conocer gracias al proyecto Adopta una Autora, no lo dudé, sabía que tenía que ser ella.

El proyecto de Adopta una Autora nació de la mano de Carla Bataller Estruch, una traductora que decidió que la iniciativa de leer autoras en el pasado mes de Octubre no quedara solo como un impasse dentro de este mundo literario, en el que todo y todos vamos demasiado deprisa.

Por ello, en los últimos meses se fraguó este proyecto, abierto a todo amante de los libros que quiera participar. La idea es sencilla, se trata de rescatar autoras de cualquier época, género y condición para mostrarlas al gran público. Con el objetivo de hacernos saber a todos, que siempre han estado ahí y que seguirán estando para todos aquellos que quieran perderse entre sus páginas.

Muchas de ellas pasan de puntillas en los libros de Historia y Literatura, como sombras en los márgenes o siendo simples apartados y pies de página, pero si el mercado lo crea la demanda, ya es hora de que nosotros, los lectores, decidamos dar una oportunidad a todos los autores y eso las incluye también a ellas.

Es por eso que me apunté al proyecto de inmediato y también por eso pensé en Alexandra. Ella nació en plena época colonial, vivió la Belle Epoque más onírica e irreal, luchó contra ese mundo de fantasía creado para ellas como un ideal pero que escondía jaulas de oro detrás. Se fue, sola, sin nadie que le dijera lo que tenía que hacer o pensar a descubrir el mundo, a vivir la vida y aprender las lecciones que se le pusieran a su alcance. En sus viajes por Oriente vio la cara menos bella del ser humano y entre el bien y el mal se buscó a sí misma en los caminos perdidos del Tíbet.

Solo por algunas pinceladas como esta, sabía que tenía que escribir sobre esta mujer para este proyecto. Mi primer acercamiento ha sido a su vida, a través de la biografía que Ruth Middleton publicó en 1989 sobre su figura. Es un libro muy bueno para empezar a conocerla, no es muy extenso y a través de sus doce capítulos nos muestra un breve acercamiento a su vida.

Difícil de condensar en cualquier libro porque vivió cien años. Hay otras obras más extensas como las biografías de Gilles van Grasdorff o Joëlle Désiré-Marchand (ambas en francés) pero en ese caso son solo para los que quieran tener un estudio más detallado.

Como primer acercamiento el ensayo de Middleton es más que suficiente. La autora americana se centra sobre todo en sus viajes por Oriente que son la parte más importante de su extensa vida y los que influyeron notablemente en el público europeo. También se incluyen algunas fotos de ella misma y de familiares cercanos que ayuda a poner cara a todos los personajes relevantes de su vida. Además en la parte final se añade su bibliografía (si sabéis francés estáis de suerte) y también algunos libros en inglés y castellano.

No quiero extenderme más en esta primera entrada en la que solo pretendía presentar el proyecto y a la autora elegida a través de una pequeña biografía. Sé que apenas he hablado nada de ella, ha sido algo consciente, como dirían sus maestros budistas y más tarde ella misma cuando lo fue, al alumno no hay que decirle lo que tiene que aprender, simplemente hay que mostrarle donde empieza el camino. Bien el camino puede comenzar en el breve libro de Ruth Middleton y puede seguir hasta donde vosotros queráis.

Kokoro

Este artículo se publicó en la revista Culturamas el 12 de diciembre de 2016, en este enlace.

Intentar resumir en unas pocas líneas cómo se puede llegar a la auténtica esencia de algo es una tarea complicada. Intentar llevarlo a cabo en un libro que aparentemente no cuenta gran cosa, puede parecer todo un logro.

Logro que intenta conseguir Natsume Soseki (1867-1916) en uno de sus últimos trabajos, Kokoro (1914). En la edición que yo he leído de la editorial Impedimenta, el propio traductor, Fernando Cordobés, señala que el significado de la palabra que da título al libro va mucho más allá que simplemente corazón.

Y es la impresión que uno tiene tras leerse el libro, que hay demasiadas capas y puertas que se van abriendo hacia el interior de unos personajes atrapados en medio de un mundo que está cambiando.

Kokoro puede dividirse fácilmente en tres partes. Las dos primeras son narradas por un joven estudiante de la Universidad Imperial de Tokio, que tras un encuentro casual con un hombre mayor durante sus vacaciones de verano, comienza una relación de amistad que continua a su regreso a Tokio. Esta primera parte se compone de los retazos de recuerdos del joven sobre los encuentros que tiene con Sensei. Un personaje que va acrecentando su halo de misterio y fascinación ante los ojos del estudiante y a cada página que el lector concluye.

La segunda parte del libro son los recuerdos del mismo joven tras graduarse en la universidad y regresar a su casa, un pueblo. Aquí nos encontramos ante un choque generacional y de visión del mundo, entre el estudiante que mira a su alrededor de manera muy diferente de como lo hacen sus padres, gentes humildes y rurales que se sienten desconcertadas ante los nuevos cambios sociales prodecentes del contacto con Occidente.

Pronto ambos puntos de vista chocaran y el joven solo sentirá la necesidad de huir hacia adelante ante un mundo y una forma de vivir que agoniza igual que el emperador Meiji lo hizo en el verano de 1912.

Esa era de cambios fue para el Japón feudal de los Tokugawa el principio del fin, en 1868 su negativa a participar en el mundo terminó y supuso toda una ruptura mental para el pueblo japonés que intentaba seguir teniendo una identidad a la vez que luchaba por integrarse en la nueva concepción del mundo, sin ser un premio más para las potencias occidentales.

Todo ese desconcierto lo apreciamos claramente en la tercera parte del libro, cuando el protagonista recibe una carta de Sensei que le explica su vida y todo aquello que siempre le quiso preguntar pero que nunca se atrevió.

En esta tercera parte, Sensei muestra su realidad y sus pecados de juventud, acciones que realizadas de un modo inconsciente le terminarán pesando el resto de su vida y de las que nunca se podrá librar.

Kokoro, libro sencillo y ameno de leer, expone tras toda esa sencillez la gran complejidad que puede tener una mente humana. Y el intento de su autor, Soseki, por llegar a la esencia de un modo de vida y su época.

Un imprescindible que se merece una oportunidad y que es una gran puerta de entrada a la literatura japonesa.